jueves, 29 de diciembre de 2011

El monolito Bennet: ¿el botón de “Play” de otra dimensión?


Fue hace apenas unas pocas noches. Con mi amiga y compañera de investigaciones, de reflexiones y divagues metafísicos, Débora Goldstern (“alma mater” de “Crónica Subterránea“), nos debíamos un encuentro de ésos que estimulan algunas alicaídas neuronas, por lo menos, en mi caja craneana. Inevitable, también, el buen vino. Noche de recuerdos de amigos, de uno, de otra, comunes. De hitos en el camino, de alfileres clavados en los mapas.
Fue Débora quien, entusiasta como siempre, me relataba el credo y devenir de su amigo, el conocido investigador Anselm Pi Rambla cuando una cita tocó mi ego sensible. No hacía mucho tiempo que Anselm y su mujer habían estado sentados en el mismo lugar que yo en ese momento -bah, seguramente el beneficio de mi amistad me permite distenderme más informalmente en el piso del departamento de mi amiga – y, conociéndola a Débora, el interrogatorio (el término seguramente resulta cruel, pero más exacto que “entrevista” para definir la metodología y empecinamiento de la escritora cuando pregunta y que, cuando muerde una presa, es como el bull dog: no suelta) debe haber sido filoso y penetrante como bisturí de médico forense. La cita, deduzco, es entonces textual: Anselm definió a Sacsayhuaman como “una máquina”.“¿Una máquina para qué?” pregunté, aunque anticipaba la respuesta. Débora se encogiò de hombros y dijo: “Para entrar a otros planos, seguramente”.
Me estiré para tomar la botella (recuerdo vagamente que era un varietal malbec, cosecha 2007. Hubiera preferido un merlot, pero es lo que había) rozando ominosamente la nutrida biblioteca de la dueña de casa. Entre las distintas formas de morir, resultar aplastado por la biblioteca de DG tiene cierto charme, no me dirán que no, pero mejor posponerlo. Así que mientras la espiaba -a la biblioteca- con el rabillo del ojo para anticipar cualquier movimiento inesperado, le recordé quien, hace unos meses, dijo algo parecido de un lugar próximo.
Yo, respecto de Tiwanaku.
Lo escribí en este mismo blog. Tiwanaku transmite, para cualesquiera que se tome el tiempo de meditar entre sus ruinas, la esencia inasible de las certezas indemostrables. Sentado en la Akapana, contemplando mi rededor, “supe” -cómo describirlo de otra manera- que era una máquina. La afirmaciòn de Anselm suma y multiplica, entonces. Quizás, imbricados por lazos comunes entre investigadores afines, estemos por buen camino.
Lo cierto es que -meditaba esa madrugada a solas, doblado sobre mi notebook- que si Tiwanaku es una máquina -seguramente con muchas de sus piezas extraviadas, trasladadas de sitio, yuxtapuestas o intercaladas malamente- debe haber algunas evidencias, palpables y concretas, que den la pista de cómo ponerla en funcionamiento. Por ello es que ya casi daba mi reloj las cinco y yo seguía repasando las fotos que tomara en mi viaje allá.
Recordé de pronto el relato de mi cicerone y amigo, el inefable Antonio Portugal Alvizuri, investigador adscripto del Instituto de Arqueología de Bolivia, profundo conocedor de los secretos milenarios del Altiplano y autor de tres libros enigmáticos, para llamarlos de algún modo: “La Chinkana del Titicaca: los túneles secretos del Lago Sagrado”, “Ciudades Secretas en los Andes: los mensajes de los Seres de Luz” y “En Contacto con los Maestros Mayores”. Antonio había participado en la relocalizaciòn de una pieza fundamental del lugar: el monolito Bennet, y me relató una historia fascinante.
En junio de 1932, el arqueólogo Wendell Bennet encontró, sepultado en el Templo Semisubterráneo de Tiwanaku, este monolito, en arenisca roja y de 7,30 metros de altura, que de allí en más llevaría su nombre.  Al año siguiente, se decide trasladarlo a la ciudad de La Paz, colocándolo en el Paseo del Prado, en plena avenida 16 de Julio.  Y pocos años más tarde sufre un nuevo traslado, esta vez al parue adyacente al estadio Hernando Siles.

Traslado del monolito en 1933
Durante décadas, una historia fantasmagórica de asesinatos, suicidios y catástrofes tanto individuales como colectivas (recordemos que a las pocas semanas de su descubrimiento se desató la cruenta Guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay), inundaciones, sequías históricas y en lo local, una tasa impresionante de suicidios y asesinatos ue parecía seguir a la estela allí donde fuera. El monolito Bennet se transformó, definitivamente para el pueblo, en una “kencha”, un objeto maldito, donde los espíritus enfocaban su enojo por el traslado.
Si la actividad nefasta se redujera a murmuraciones y extrañas coincidencias, seguramente no ameritaría una página en las crónicas paranormales. Pero la cuestiòn va mucho más allá. Enfrentando la burla pública, muchos vecinos -especialmente en la época en que estaba junto al estadio- aseguran haberlo “oído llorar”.  Existen crónicas de “fantasmas” rondándolo, de personas que lo han tocado y vivieron horas o días después experiencias angustiantes.
El monolito durante su localizaciòn en el Paseo del Prado
Si aunque más no fuera una parte de lo que se decía del monolito Bennet fuera cierto, tendríamos que enfocarnos nuevamente en él.
Podemos discutir si los hechos son una propiedad intrínseca del monolito, o éste se ha convertido en lo que en Parapsicología llamamos “punto de anclaje”.
Supongamos que muero no creyendo en la vida después de la muerte. Del otro lado del umbral, no tomo conciencia de que ahora sí he fallecido y, después de todo, había un más allá, ya que el “tomar conciencia” es, perogrullescamente, un acto de la mente conciente, la cual depende del buen funcionamiento del neocórtex o corteza cerebral, precisamente lo primero que empieza a descomponerse al morir.
En lo que sobrevive de mí, el “darme cuenta” de las cosas es casi un acto sonambúlico, inconsciente. Y si mientras estuve vivo, pongamos como tonto ejemplo, una de las cosas más queridas por mí fue mi pipa, pues después de muerto, donde vaya esa pipa, irá adherida mi remanencia psíquica que, en el plano emocional, al morir el cuerpo “corrió” a impregnar lo que era su referente emocional. Esto explica las “obsesiones” que los residuos psíquicos, las remanencias psíquicas de personas fallecidas  pueden hacer de lugares –las famosas “casas encantadas”-, personas u objetos –los considerados “embrujados”-. Pues bien, al objeto, lugar o persona al que se adhiere la remanencia psíquica lo llamamos técnicamente “punto de anclaje”. El monolito Bennet bien peude ser, entonces, el punto de anclaje de las remanencias psíquicas de sus cultores tiwanakotas.
Monolito junto al estadio
También -y de allí el título de este trabajo- podemos suponer que su emplazamiento (el original, obvio), su orientaciòn, ciertos rituales y condiciones tal vez astrológicas, se conjugaban como las piezas de esa metafísica maquinaria de la que habláramos más arriba. Sin duda, cuando podamos descifrar el lenguaje escrito de los tiwanakotas sabremos más…
Pero…. ¿qué lenguaje escrito?, se preguntarán ustedes. Ya que, como todo docto arqueólogo nos ha enseñado, los tiwanakotas no tenían escritura.
¿No?
No volveré aquí sobre los trabajos de la referida Débora en su blog respecto al monolito Potokia y la Fuente Magna. Quiero dar otra pista.
Aún emplazado en Tiwanaku, se levanta el monolito Ponce, llamado así por el arqueólogo boliviano que lo descubriò. Ahí está, a disposiciòn de viandantes y curiosos, de frente y desde atrás.
Monolito Ponce (frente)

Perfil

parte posterior del monolito
“Ajá” -dirán ustedes- “Muy lindo el monolito…. ¿Y?”.
Pues, miren con atenciòn la espalda del mismo. Es más, si me permiten, les comparto una ampliaciòn, filtrada y mejorada:
Ampliación y filtrado

Claramente, aparece lo que bien puede ser descripto como una escritura.
He traído a colaciòn este monolito para señalar todo lo que nos falta por investigar, aún. Pero recuerden que el tema principal nos remitía al Bennet. Y fue, precisamente, revisando mi archivo de fotografías, cuando reparé en algo que en su momento no me había llamado la atenciòn. Pero ahora sí.
Ya he escrito en otra ocasiòn mi opiniòn respecto a los “orbs”, u “orbes”, como se ha puesto de moda llamarles ahora. Por ello, no me sorprendo especialmente cuando, ora sí, ora no, aparecen en mis fotografías. Pero esto es lo importante: en ocasiòn de visitar Tiwanaku -más precisamente,e l Museo Lítico del mismo- sólo aparecieron “orbs” cuando fotografiamos el monolito Bennet. Sólo ahí, ni antes, ni después, siempre con la misma cámara y, huelga decirlo, sin cambiar ópticas, sin limpiar lentes, sin ninguna acciòn común y cotidiana que pudiera dar una explicaciòn “lógica” a esta diferencia. Es para mí evidencia suficiente que una particularidad energética significativa acompaña a esta imagen. En las fotografías que continúan, ven ustedes los “orbs” que captamos en ocasiòn de estar estudiando el monolito y la ampliaciòn de uno de ellos, quizás de nulo valor investigativo pero, a mi gusto, sumamente estético .










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